José Cascara se sentó con esa clásica barba blanca desganada a lamberse los dedos mientras fingía que leía. Mientras los hacia trataba de convencerme de que la imprenta digital no funcionaba. Que los libros en pantallas solo vivían 10 años. (yo pensaba que de ser asi los arboles ganarian siglos) Trataba de hablarle de mi poesía y abrió el tema con algunos nombres, nombres de poetas, no menciono ninguno de los que yo admiraba. Después me pidió dinero para poder publicarme. ¿Así es como matan la poesía? ¿Engatusando a los que la sufren? No les valen mis lagrimas y además quieren mi sangre. No señor, usted no puede cogerme de bobo, ni con sus Ediciones Nacionales, a mí no va a quitarme un peso por encajonarme en sus estantes, donde está la colección del papel con que se seca los dedos. Me levante, y le tome el manuscrito de las manos, solo le deje la portada, para no arrebatarl...